La bestia
—¡¡¡…io te yuego, te pido por favor, ti imploro, hacé qui ese hombre pierda, virgencita, no deje qui ese hombre malo gane…!—murmuraba entre lágrimas.
El humo, las risotadas y las palabrotas se filtraban hasta la humilde piecita de al lado, desde donde espiaba la nena, detrás de la mugrosa cortina.
—¡…qui no gane, por favor qui no gane, virgencita! –repetía llorando una y otra vez, con las manitos juntas para pedir ayuda a la virgen – ¡io no quiero hacerlo, no quiero…!
Las palabrotas y el alcohol subían de tono escalando la madrugada en la villa dormida.
—¡Dale negro, te toca a vo, sos mano, ¡qué carajo estái esperando!!! –y soltó la seña.
—¡Truco!! —gritó el Poliya.
—Quiero —contestó rápido el Ñato.
—¡Quiero y retruco!... —cantó el Poliya.
—¡Quiero vale cuatro! —apuró el Ñato con cara de piedra.
Todos tiraron las cartas sobre la mesa.
El silencio cayó a plomo.
La nena aterrada se mordió los labios para ahogar el grito, y salió corriendo, los pocos metros que la separaban, a esconderse en el inmundo camastro.
Se tapó la cabeza con la cobija.
—Tá bien… pasá y cobrate che, pero no me la lastime, tiene ocho año… —dijo el padre— nosotro vamo a terminar la noche al boliche, dijpué vení.
Los hombres apuraron la ginebra que quedaba en los vasos, y salieron.
El Ñato se desnudó y despacito se dirigió a la pieza.
La nena ya no lloraba.
El entró a la cama a tientas, en la oscuridad.
Al rato, de entre las humildes viviendas de ese mundo de chapa y cartón, un alarido desgarrador surcó el silencio.
La nena absorta, serena, demudada, apareció en la puerta del rancho.
Al salirse la nube que tapaba la luna, iluminó la gillete que entre sus deditos manchados de sangre, absorta, serena, demudada, aún sostenía.
viernes, 29 de abril de 2011
jueves, 17 de marzo de 2011
Nuevo libro de poemas
Andrina Cautiva
Cora Cané, dice de Andrina
Andrina ha construido una cárcel de escamas y de espumas de mar, donde el poeta es voluntario prisionero; y por esas extrañas revelaciones de un paisaje onírico que sólo él descubre, es prisionero; y al mismo tiempo, Andrina es cautiva del poeta.
Con delicado lirismo recrea las orillas de su mar imaginario, en las que Andrina juega, estalla en escamas resplandecientes, se hunde en misteriosas profundidades, surge espléndida, concede, rechaza, es palpable e inasible, mágica y real, sabe las escaramuzas de la sensualidad, sonríe, llora…
Andrina es, en definitiva, el símbolo del Amor; el que yace en las profundidades del espíritu y sólo es descubierto por el poder de la fascinación y el delirio.
El mundo deslumbrante de Andrina es, en realidad, el mundo deslumbrante del Amor, con sus esplendores y sombras, euforia y melancolías, resignada espera, vibrantes impaciencias, goces y padecimientos. Es el Amor que agrede y es víctima; seduce y es seducido.
¿Quién dio impulso a la marea que llegó “una mañana azul de primavera, desde el vientre del mar”? Era el ímpetu del amor naciente, luminoso de sol, bañándose en espumas, tendiéndose en las arenas doradas. Era la “luz menor del atardecer”, cuando el amor descansa de la pasión. Era el amor, acaso doliente, del anochecer. Estas bellas figuras que huelen a sal marina y recogen el sonido de las alas de las gaviotas, son los carceleros que encierran el corazón del poeta. Son espíritus inventores de mágicas alucinaciones, que visten a Andrina con “vestidos de seda, en la mañana /para que luzca después de que esta noche / nuestros cuerpos ahuyenten fantasmas”. Son los “espíritus en la niebla” que se dispersan en la mañana, porque la realidad los encandila, los hiere y evapora la magia lirica del Amor, en las “finales horas/porque vendrá el adiós”.
José Luis Thomas, dice:
El amor es una frontera que sólo pueden conquistar algunos privilegiados.
La escultura que ilustra la tapa y contratapa es de la escultora argentina Marina Dogliotti
miércoles, 26 de enero de 2011
La relojería
Cuento publicado en Notiserrano
por Norberto García Yudé
En el barrio todos queríamos y respetábamos al Señor Blenin, por eso nos dolió y nos sorprendió la noticia de su muerte, pero la otra noticia nos sorprendió más.
Recuerdo desde mi infancia su cana y paternal cabeza, su rostro ajado, de sonrisa fresca y juvenil, de estatura baja y gestos ágiles, desmintiendo sus años tan bien llevados. De modales correctos y muy educado como buen descendiente de suizos.
Su esposa, una mujer menuda y frágil, permanecía sentada en una mecedora en la trastienda del negocio. Aparentaba ser mucho más joven que él, pese a su infaltable pañoleta y sus gruesos anteojos, y su voz aflautada que se manifestaba en monosílabos. Era persona de muy poco hablar. Daba sensación de gorrioncillo, sobre todo por la velocidad con que movía las agujas sobre los interminables metros de bufandas. No recuerdo haber tenido con ella una conversación completa en toda mi vida. En cambio el Señor Blenin era muy amable; parlanchín y comunicativo, siempre tenía en torno suyo un séquito de chicos revoloteando. Le encantaban los niños pero nunca tuvo la suerte y la alegría de tener hijos.
Recuerdo, yo salía del colegio y antes de sentarme a hacer los deberes, masticando un pedazo de pan con manteca, disparaba como una flecha hacia su negocio para llegar a tiempo, si, porque el Sr. Blenin me otorgaba el privilegio (porque a mí era al único que se lo permitía) presenciar el solemne rito de ver darle cuerda a los relojes, mientras me contaba sus diferentes procedencias.
Tenía ni más ni menos que trescientos veinticinco modelos diferentes en su preciada colección que atesoraba como un avaro. Este acto era para mí un espectáculo fascinante.
Los relojes eran su hobby y su debilidad, tenía una pasión inusual. Cu-cus, despertadores musicales, de pared, pulsera, de bolsillo, en fin había de toda clase y a mí me producía una especie de encantamiento. Al Señor Blenin le llevaba exactamente tres cuartos de hora darle cuerda a todos.
En ocasiones yo llegaba antes de la hora convenida y encontraba al Señor Blenin componiendo todavía algún reloj, ya que este era su oficio, porque todavía no lo dije, pero en su negocio se daban cita los vecinos para hacer reparar sus aparatos de medir el tiempo.
Muchos clientes acudían de barrios cercanos atraídos por su reputación de excelente relojero y su fama de intachable comerciante. Daba placer oírlo cuando contaba viejas historias. Su gracia y elocuencia naturales, su vasta cultura le permitían abarcar cualquier tema, especialmente le apasionaban aquellas charlas sobre ciencia.
A la gente le encantaba la personalidad del Señor Blenin, y no dejaba de llamarles la atención el carácter disímil de su esposa, tan rígida, retraída y huraña. ¿Cómo este hombre pudo haberse casado con una mujer así?, pensaban todos.
La verdad es que yo nunca puse demasiada atención en ella, tan invariable, con su cabello negro recogido en un rodete, sin una cana, la pañoleta verde-impecable sobre los hombros y sus réplicas de pajarillo piando en la infatigable mecedora.
Primero todo el mundo creyó en un asesinato por robo, pero después la suposición quedó descartada porque todo estaba en perfecto orden. No faltaba un solo objeto, ni joyas, ni dinero. El médico forense informó que el deceso se produjo el sábado en la noche, aunque el cuerpo lo encontraron el lunes por la mañana. Parece que le falló el corazón.
El descubrimiento lo hizo un cliente y amigo personal del Señor Blenin, todos los días pasaba a visitarlo. Se cansó de tocar el timbre y asombrado de ver el negocio cerrado todavía, tanteó la puerta y como ésta no tenía llave, entró.
Fue terrible.
Él, caído en el piso de la cocina, el gas y la luz encendidos, y ella, sobre la mecedora, la cabeza torcida como un garabato sobre la falda y enredada entre la lana, las agujas y los ovillos y… ¡SIN CUERDA!!, si señor, sin cuerda.
por Norberto García Yudé
En el barrio todos queríamos y respetábamos al Señor Blenin, por eso nos dolió y nos sorprendió la noticia de su muerte, pero la otra noticia nos sorprendió más.
Recuerdo desde mi infancia su cana y paternal cabeza, su rostro ajado, de sonrisa fresca y juvenil, de estatura baja y gestos ágiles, desmintiendo sus años tan bien llevados. De modales correctos y muy educado como buen descendiente de suizos.
Su esposa, una mujer menuda y frágil, permanecía sentada en una mecedora en la trastienda del negocio. Aparentaba ser mucho más joven que él, pese a su infaltable pañoleta y sus gruesos anteojos, y su voz aflautada que se manifestaba en monosílabos. Era persona de muy poco hablar. Daba sensación de gorrioncillo, sobre todo por la velocidad con que movía las agujas sobre los interminables metros de bufandas. No recuerdo haber tenido con ella una conversación completa en toda mi vida. En cambio el Señor Blenin era muy amable; parlanchín y comunicativo, siempre tenía en torno suyo un séquito de chicos revoloteando. Le encantaban los niños pero nunca tuvo la suerte y la alegría de tener hijos.
Recuerdo, yo salía del colegio y antes de sentarme a hacer los deberes, masticando un pedazo de pan con manteca, disparaba como una flecha hacia su negocio para llegar a tiempo, si, porque el Sr. Blenin me otorgaba el privilegio (porque a mí era al único que se lo permitía) presenciar el solemne rito de ver darle cuerda a los relojes, mientras me contaba sus diferentes procedencias.
Tenía ni más ni menos que trescientos veinticinco modelos diferentes en su preciada colección que atesoraba como un avaro. Este acto era para mí un espectáculo fascinante.
Los relojes eran su hobby y su debilidad, tenía una pasión inusual. Cu-cus, despertadores musicales, de pared, pulsera, de bolsillo, en fin había de toda clase y a mí me producía una especie de encantamiento. Al Señor Blenin le llevaba exactamente tres cuartos de hora darle cuerda a todos.
En ocasiones yo llegaba antes de la hora convenida y encontraba al Señor Blenin componiendo todavía algún reloj, ya que este era su oficio, porque todavía no lo dije, pero en su negocio se daban cita los vecinos para hacer reparar sus aparatos de medir el tiempo.
Muchos clientes acudían de barrios cercanos atraídos por su reputación de excelente relojero y su fama de intachable comerciante. Daba placer oírlo cuando contaba viejas historias. Su gracia y elocuencia naturales, su vasta cultura le permitían abarcar cualquier tema, especialmente le apasionaban aquellas charlas sobre ciencia.
A la gente le encantaba la personalidad del Señor Blenin, y no dejaba de llamarles la atención el carácter disímil de su esposa, tan rígida, retraída y huraña. ¿Cómo este hombre pudo haberse casado con una mujer así?, pensaban todos.
La verdad es que yo nunca puse demasiada atención en ella, tan invariable, con su cabello negro recogido en un rodete, sin una cana, la pañoleta verde-impecable sobre los hombros y sus réplicas de pajarillo piando en la infatigable mecedora.
Primero todo el mundo creyó en un asesinato por robo, pero después la suposición quedó descartada porque todo estaba en perfecto orden. No faltaba un solo objeto, ni joyas, ni dinero. El médico forense informó que el deceso se produjo el sábado en la noche, aunque el cuerpo lo encontraron el lunes por la mañana. Parece que le falló el corazón.
El descubrimiento lo hizo un cliente y amigo personal del Señor Blenin, todos los días pasaba a visitarlo. Se cansó de tocar el timbre y asombrado de ver el negocio cerrado todavía, tanteó la puerta y como ésta no tenía llave, entró.
Fue terrible.
Él, caído en el piso de la cocina, el gas y la luz encendidos, y ella, sobre la mecedora, la cabeza torcida como un garabato sobre la falda y enredada entre la lana, las agujas y los ovillos y… ¡SIN CUERDA!!, si señor, sin cuerda.
domingo, 26 de diciembre de 2010
Cuento publicado en Notiserrano 106
El avestruz
por Norberto García Yudé
Ermelinda Consulata Esperania Carambulatti, no pudo jamás, controlar su apetito feroz. Desde su infancia, el hambre era su ley y su pasión. Era mucho más fuerte que ella. Presa de un apetito desmesurado, sin fin, tragaba cuanta comida caía a sus manos, mejor dicho a su insaciable trituradora que tenía por maxilares, y una indestructible dentadura de hierro.
Durante su corta vida, pastas, carnes, salsas, verduras, frutas; dulce o salado, cualquier bicho comestible, todo, absolutamente todo pasaba por su boca y su tubo digestivo sin medir consecuencias, de tal forma que en la última etapa de su existencia, ni se tomaba el trabajo de masticar, directamente engullía como un avestruz famélico.
No hay que sorprenderse que a causa de su incontenible adicción pesara más de 494 kilos.
Permanecía postrada en una cama de gruesos hierros que había hecho construir su familia.
No podía levantarse, imposible, ni soñar con ir a la calle, sus piernas no resistían semejante peso.
Nadie logró convencerla de hacer dieta o ver a un medico o por lo menos, tomar alguna medicación. Estos fueron los motivos principales por los que, uno a uno, amigos y familiares la abandonaran.
Ya en soledad, agotó cuanto comercio de comestibles, kioscos y casas de comida había en la zona, porque nadie quería abastecerla, ni darle más crédito. Empeñada, sin un peso y sumida en la más triste de las pobrezas absolutas cayó víctima de una grave y profunda crisis, entró en depresión aguda.
En su desconsuelo y desesperación Ermelinda no hallaba una solución que la salvara del desastre. La angustia hizo multiplicar su hambre y fue comiéndose las cosas más cercanas.
Los objetos que la rodeaban, sábanas, la ropa de cama, las mesitas de luz, no se detuvo hasta acabar con los muebles de su cuarto que cayeron bajo sus implacables dentelladas.
Inexorable el tiempo transcurrió y nadie tenía noticias suyas. Ya no quedaba el teléfono ni el cable, y ni siquiera se salvó el celular con baterías incluidas.
Los vecinos empezaron a percibir un olor raro, nauseabundo. Venía de la casa de Ermelinda.
Entonces alguien recordó que allí vivía ella.
Temiendo lo peor llamaron urgente a la policía, a los bomberos, a defensa civil, a la cruz roja y a cuanta institución apareciera por el camino. Intervino un juez: el funcionario inmediatamente hizo llamar a un cerrajero.
Cuando entraron al dormitorio, provistos de máscaras antigás por supuesto, encontraron la habitación completamente desnuda; en ruinas, sin un mueble, las paredes descascaradas a mordiscones, el piso de parquet levantado, comido hasta el cemento; faltaban grandes paños de alquitrán, y sobre la ancha cama de hierro –sin colchón-- una impresionante esfera babosa, pútrida, nauseabunda y maloliente, que inflada se apretaba contra el techo y, con tal mala suerte que al descomprimir el ambiente reventó a los pocos minutos empapándolos a todos.
La autopsia reveló que la muerte se produjo por un bolo fecal producido por un CD del trío los panchos que le obturó el recto.
sábado, 18 de diciembre de 2010
El oso
Cuento publicado en Notiserrano 109
por Norberto García Yudé
—Serás mío, vas a ser mío… como ahora yo soy tuyo… te voy a cortar la cabeza, voy a colgar tu hermosa cabeza, con los ojos bien abiertos… con tu hocico bien abierto… y …tu enorme lengua… marróndisecadadisecada…. bien seca y disecadacolgandodetusfauces… te voy clavar bienclavado… bienbien… clavado en la pared más grande de mi cabaña mientras miro los leños encendidos saboreando un whisky… y brindo a tu salud y te hagomuecas y escupo contra tu peluda y …hermosarepugnantecabezaasesina… y… y… y... ¡¡haaa… y tengo… tengo… los dedos cortados!!!... y …y… fumo un puro… y …te escupo te escupo… y …nopuedo…nopue…dores…pirar… te voy a cazar igual…….. ¡¡te voy a cazar…y …me voy a reír de vos… mevoyareíracarcajadas hasta morir de risa y nunca ¡nunca te voy a perdonar!... no te voy a perdonar, no te voy a perdonar, aunque tenga que matarte con mis propias manos… ¡hay!!!... me sangra… me sangra otra vez el labio… no te voy a perdonar… me arruinaste todo… todo…
Maldita nieve.
Lo persiguió por días y días. Una guerra despiadada. Tal vez una semana. O quizás semanas. Años, años, años. Había perdido la cuenta. Años parecían. El evidente desgaste de su cuerpo sobre el hiriente resplandor de la tundra y la taiga lo demostraban.
Una mancha tambaleante arrastrándose en la obstinada persecución. La tundra, inmensas praderas. Desérticas. Heladas. Infrahumanas. No. No sabía cuanto. No había forma de calcularlo. Aunque tal vez sí, por la espesa barba enmarañada que cubría su rostro, arrasada de mármol blanco, pero de todas maneras no tenía importancia saberlo
Los labios partidos y las profundas heridas de la frente castigada por el viento helado. Heridas profundas, con sangre endurecida, seca. Pero no tenía intención de desistir.
Sorprendido desembocó en un valle majestuoso hundido entre altísimas coníferas inmortales.
Cauteloso rastreó las huellas ensangrentadas.
—Mi bala… llevás mi bala… te di… ahora sí… te ten… te tengo… no vas a ir más lejos…
La memoria entrecortada juega imágenes imprecisas de un rompecabezas horroroso en la madrugada alpina, entre la bruma y los aullidos desgarradores de dolor.
En la penumbra del bosque, bien al borde de la ladera de la montaña, entre peñones, un enorme tajo, como una boca, apareció antes sus ojos la grieta.
Súbitamente su cabeza se despejó. Veloz más que un animal quitó el seguro del arma.
—Destruiste mi cabaña… no importa… te comiste todo… no importa… te hubiera perdonado… pero mataste a Atila… y a los otros perros, pero matar a Atila… mi fiel Atila… eso no… eso… no… no te lo voy a perdonar.
Un potente estallido de furia recorría el rostro adulterándolo, ahora endurecido desde adentro, transformando las pocas facciones visibles en venas y músculos de acero. La mirada en un chorro de hierro candente. Una máscara viva de odio y venganza.
—No te voy a perdonar… no… no… no te voy a perdonar… no tendré piedad…
Arqueado se detuvo. Erizado. Estático. Pleno de lujuria asesina. Una sed destructora huía por su respiración agitada.
En la entrada del negro boquete abundantes manchas de sangre lo esperaban. Extasiado examinó las huellas rojas de sangre fresca, más espesa, más reciente, llamándolo, insistentes, insinuantes, rojas, rojas… vivas.
—Estás cerca… muy cerca… puedo sentirte… puedo sentir tu aliento hediondo encima de mí… tu temor… tu miedo… por fin te tengo acorralado… puedo olerte… te huelo… te huelo… porque estás muy cerca…
Con movimientos felinos, precisos, bien calculados, la mochila fue deslizándose de sus hombros igual que un animal majestuoso hundiéndose en un estanque. Con igual suavidad extrajo el casco linterna.
—Ahora si… te voy a vengar Atila… ya lo tengo…
Aferró la escopeta y se zambulló en la oscuridad.
Espesas bandadas de pájaros huyeron alborotados, chillando desde lo alto de los árboles.
Un silencio infernal de eternidad se dejo oír y atravesó el fondo de la memoria. Luego los estampidos, fuertes, copiosos.
Allí nomás, un bello e indomable remolino blanco fue descendiendo vertiginoso, con la celeridad de un rayo, arrastrando árboles, piedras, troncos, y cubriendo todo, absolutamente todo de blanco.
por Norberto García Yudé
—Serás mío, vas a ser mío… como ahora yo soy tuyo… te voy a cortar la cabeza, voy a colgar tu hermosa cabeza, con los ojos bien abiertos… con tu hocico bien abierto… y …tu enorme lengua… marróndisecadadisecada…. bien seca y disecadacolgandodetusfauces… te voy clavar bienclavado… bienbien… clavado en la pared más grande de mi cabaña mientras miro los leños encendidos saboreando un whisky… y brindo a tu salud y te hagomuecas y escupo contra tu peluda y …hermosarepugnantecabezaasesina… y… y… y... ¡¡haaa… y tengo… tengo… los dedos cortados!!!... y …y… fumo un puro… y …te escupo te escupo… y …nopuedo…nopue…dores…pirar… te voy a cazar igual…….. ¡¡te voy a cazar…y …me voy a reír de vos… mevoyareíracarcajadas hasta morir de risa y nunca ¡nunca te voy a perdonar!... no te voy a perdonar, no te voy a perdonar, aunque tenga que matarte con mis propias manos… ¡hay!!!... me sangra… me sangra otra vez el labio… no te voy a perdonar… me arruinaste todo… todo…
Maldita nieve.
Lo persiguió por días y días. Una guerra despiadada. Tal vez una semana. O quizás semanas. Años, años, años. Había perdido la cuenta. Años parecían. El evidente desgaste de su cuerpo sobre el hiriente resplandor de la tundra y la taiga lo demostraban.
Una mancha tambaleante arrastrándose en la obstinada persecución. La tundra, inmensas praderas. Desérticas. Heladas. Infrahumanas. No. No sabía cuanto. No había forma de calcularlo. Aunque tal vez sí, por la espesa barba enmarañada que cubría su rostro, arrasada de mármol blanco, pero de todas maneras no tenía importancia saberlo
Los labios partidos y las profundas heridas de la frente castigada por el viento helado. Heridas profundas, con sangre endurecida, seca. Pero no tenía intención de desistir.
Sorprendido desembocó en un valle majestuoso hundido entre altísimas coníferas inmortales.
Cauteloso rastreó las huellas ensangrentadas.
—Mi bala… llevás mi bala… te di… ahora sí… te ten… te tengo… no vas a ir más lejos…
La memoria entrecortada juega imágenes imprecisas de un rompecabezas horroroso en la madrugada alpina, entre la bruma y los aullidos desgarradores de dolor.
En la penumbra del bosque, bien al borde de la ladera de la montaña, entre peñones, un enorme tajo, como una boca, apareció antes sus ojos la grieta.
Súbitamente su cabeza se despejó. Veloz más que un animal quitó el seguro del arma.
—Destruiste mi cabaña… no importa… te comiste todo… no importa… te hubiera perdonado… pero mataste a Atila… y a los otros perros, pero matar a Atila… mi fiel Atila… eso no… eso… no… no te lo voy a perdonar.
Un potente estallido de furia recorría el rostro adulterándolo, ahora endurecido desde adentro, transformando las pocas facciones visibles en venas y músculos de acero. La mirada en un chorro de hierro candente. Una máscara viva de odio y venganza.
—No te voy a perdonar… no… no… no te voy a perdonar… no tendré piedad…
Arqueado se detuvo. Erizado. Estático. Pleno de lujuria asesina. Una sed destructora huía por su respiración agitada.
En la entrada del negro boquete abundantes manchas de sangre lo esperaban. Extasiado examinó las huellas rojas de sangre fresca, más espesa, más reciente, llamándolo, insistentes, insinuantes, rojas, rojas… vivas.
—Estás cerca… muy cerca… puedo sentirte… puedo sentir tu aliento hediondo encima de mí… tu temor… tu miedo… por fin te tengo acorralado… puedo olerte… te huelo… te huelo… porque estás muy cerca…
Con movimientos felinos, precisos, bien calculados, la mochila fue deslizándose de sus hombros igual que un animal majestuoso hundiéndose en un estanque. Con igual suavidad extrajo el casco linterna.
—Ahora si… te voy a vengar Atila… ya lo tengo…
Aferró la escopeta y se zambulló en la oscuridad.
Espesas bandadas de pájaros huyeron alborotados, chillando desde lo alto de los árboles.
Un silencio infernal de eternidad se dejo oír y atravesó el fondo de la memoria. Luego los estampidos, fuertes, copiosos.
Allí nomás, un bello e indomable remolino blanco fue descendiendo vertiginoso, con la celeridad de un rayo, arrastrando árboles, piedras, troncos, y cubriendo todo, absolutamente todo de blanco.
domingo, 7 de noviembre de 2010
Entrega de premios concurso La Noticia es cuento del Diario Sumario
lunes, 23 de noviembre de 2009
Norberto García Yudé y su libro: Partículas-dijo.

Partículas —dijo
Cuento breves
144 páginas
El Francotirador Ediciones
Se asomó a la infinitud del Universo y dejando caer una mirada, que desde lo profundo del cosmos atravesó la eternidad de las galaxias, vio el mundo y a los seres que habitaban en el: —son… partículas —dijo
(PharKus MCMXLV —D.C)
Versículo 178
Cuento breves
144 páginas
El Francotirador Ediciones
Se asomó a la infinitud del Universo y dejando caer una mirada, que desde lo profundo del cosmos atravesó la eternidad de las galaxias, vio el mundo y a los seres que habitaban en el: —son… partículas —dijo
(PharKus MCMXLV —D.C)
Versículo 178
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